Continuamos hablando de inteligencia emocional en esta segunda parte del post. Hoy nos centraremos en cómo podemos trabajar la inteligencia emocional en casa, para ello podemos empezar con unas estrategias sencillas:

1. Observar, observar y observar. Estar atentos/as a lo que nos pasa y lo que les sucede a las personas de nuestro entorno ante las diferentes situaciones a las que nos exponemos en el día a día nos puede ayudar a detectar algunos aspectos como un pequeño dolor, movimientos frenéticos, contestaciones que no vienen al caso, un pequeño peso interno o una energía enorme de repente. Hay ocasiones en que nuestro/a hijo/a o alumnos/as está muy inquieto/a, contesta mal o se le escapa un portazo. Esos pequeños detalles pueden indicar que hay alguna emoción que ha sentido o está sintiendo y no sabe gestionar.

2. Aceptar sin juzgar. A veces nos resistimos a sentirnos tristes, con miedo o enfadados/as porque queremos estar alegres, porque estar de otra manera “no está bien” o “no tienes motivos para estar así”. Incluso podemos transmitir esto a los/as niños/as cuando les decimos “no sé por qué estás triste, si no te falta nada, no tienes ningún motivo para ponerte así”. Los motivos pueden ser pequeños y las emociones pueden indicarnos lo que no nos gusta para poder cambiar la situación, pero juzgar las emociones o resistirse no suele funcionar porque la emoción queda, por decirlo de alguna manera, enquistada. En su lugar, podemos preguntarle si le ha pasado algo y decirles que a veces estamos tristes o enfadados, que es normal y que a veces pasa, pero que si nos cuenta lo que ha sucedido, será más fácil ayudarle a resolverlo.

3. Preguntarnos por qué. Sacar a ese/a pequeño/a niño/a que tenemos dentro cuando preguntan infinitamente por el porqué de las cosas nos puede ayudar a aislar los motivos que provocan una reacción emocional en nosotros, cómo se manifiestan y en qué situaciones se producen. Si sé que me enfado por las mañanas y que me dura hasta mitad del día y me pregunto por qué puede ayudarme a entender que se debe a que vamos con el tiempo justo, conducimos hasta nuestro trabajo, pasamos media hora en un atasco o no encuentro aparcamiento al llegar. Lo mismo sucede con nuestros/as hijos/as o alumnos/as, si les preguntamos varias veces “por qué” y hemos observado su comportamiento, podremos entender un poco más su situación. Al conocer los motivos y aspectos que provocan la emoción, será más sencillo cambiarlos.

4. Expresar lo que sentimos, tanto lo positivo como lo negativo. Ojo, expresar o comunicar a otras personas lo que sentimos no debe convertirse en pasar la patata caliente. Para que sea constructivo tenemos que haber comprendido lo que nos pasa, transmitirlo de manera calmada y expresar las razones. Si por ejemplo estoy enfadado/a y cuando me encuentro con otra persona le digo “ya está bien, estoy hasta las narices de que siempre llegues tarde”, es probable que yo me quede más liberado/a pero la otra persona se enfade en consecuencia. Si por el contrario lo expresamos de otra manera, indicando que por ejemplo, esperar es una de las cosas que no aguantas, que te enfada mucho y expresas la razón por la que te enfada, es más fácil que se produzca un diálogo con una negociación que ayude a resolver la situación. Esto mismo se lo podemos enseñar a los/as niños/as desde pequeños/as, esta forma de mostrar los sentimientos. En lugar de reñir a nuestros/as hijos/as o alumnos/as cuando estamos cansados/as o susceptibles, podemos decirles “Hoy estoy cansada porque he tenido un día largo en el trabajo y estoy algo molesta porque necesito descansar”.

Hablar sobre las emociones con otras personas, algo que muchas veces hacemos de forma espontánea, ayuda a entender y aprender otras formas de reaccionar de las personas con las que compartimos el día a día e, incluso, nos ayuda a conocernos más a nosotros/as mismos/as. Cuando hacemos esto mismo con los/as niños/as, les mostramos con un ejemplo cómo hacer para entenderse y gestionar mejor las emociones. Y ya sabemos que no hay mejor enseñanza que el ejemplo.

5. Actuar en consecuencia. Después de todo ello, cuando sepamos qué podríamos o querríamos cambiar, podemos plantearnos un pequeño “experimento” cotidiano, en el que cada día cambiemos una variable para comprobar lo que mejor nos funciona a nosotros/as. Por ejemplo, si hemos detectado que nuestros/as hijos/as o alumnos/as están tristes, podemos buscar una estrategia con ellos/as para cambiar eso que les hace estar tristes, por ejemplo hablar con algún compañero/a, entender que una mala nota no es un fallo, sino que es una forma muy común de indicar dónde podemos mejorar, poner música con ellos/as o leerles un cuento con final abierto en el que se hable de emociones y de cómo actuar en cada caso. Cada uno/a tenemos nuestras propias estrategias y compartirlas con nuestros/as hijos/as o alumnos/as, puede ayudarles a entender que las emociones tienen una función y que podemos gestionarlas para mejorar nuestra situación.

La cuestión no es evitar, sino actuar. Al fin y al cabo, el objetivo de la inteligencia emocional es la consecución de metas, el manejo de situaciones estresantes o la superación de dificultades.

¿Cuáles de estas estrategias ya estás utilizando? ¿Cuáles incorporarías?